Poesía Sonora
PorExiste una larga tradición de poetas y artistas que han experimentado con los aspectos sonoros del lenguaje y la voz. La Enciclopedia de Poesía y Poética de Princeton señala sus orígenes en el coro de Las Ranas de Aristófanes (s. IV A.C.): “brekk kekk kekk kekk koax koax”(v. inglés); o estos versos del poeta latino Quintus Ennius (239-169 a.c.): “O tite tute, tati tibi tanta tyranne tulisti”. Para quienes la practican, lo sonoro es una puerta a la poesía tan válida como la semántica, incluso con independencia de ésta. Eso es todo. Lo que la poesía sonora hace es fraccionar el lenguaje y la voz hasta que uno de sus elementos, el sonido, se pone bajo el microscopio auditivo e intelectual del poeta y el público. De esta manera, ella se ocupa casi exclusivamente del sonido y la performance, lo cual permite sostener que está especializada tanto en sus medios como en sus objetivos. Esta concentración tiene interés como puesta en escena y como reflexión en torno a la idea de poesía. Pero también como manera de ejercitar las destrezas escriturales.
Esta intensa y mitológica búsqueda ha llegado a distintas disciplinas dentro de la musicología y la poesía experimental. Muchos grandes artistas de la música han encontrado en esta plataforma una manera de expresar sus intenciones poéticas. La poesía fónica fluctúa entre la música y la literatura, entre el habla y el canto, entre la experimentación fono-verbal y el juego glososemático. No se trata de la lectura padronizada por la declamación o recitado de los poemas sino de investigar las posibilidades expresivas de la oralidad en todas sus dimensiones.
Los primeros ejemplos que se me vienen a la mente son los de Arnaldo Antunes, Laurie Anderson, Mira Calix, Sonic Youth, Patti Smith, entre otros.
Es lógico que los más interesados en la poesía sonora sean los mismos poetas. Los músicos que se inclinan a estas fórmulas son porque tienen una seria relación con la literatura: situación que no sucede siempre.
Si echamos un vistazo a los sonidos prehispánicos, africanos, hindúes, celtas, etc… podemos encontrar una concordancia clara con los sonidos que genera el cuerpo. El cuerpo como instrumento, el cuerpo como objeto sonoro. La música nativa trabaja con la idea de lo gutural, con la precisión de que en el plexo solar se guardan los sonidos y las melodías más profundas del hombre. Me recuerda al beatboxing; a los orígenes del hip-hop y el pop. Es un lazo que no podemos dejar pasar. Hay algo en la sonoridad del cuerpo que tiene una misión, nos identificamos con cualquier forma de ruido generada desde un sentido corpóreo.
Para el poeta y ensayista inglés Steve Mac Caffery, la poesía sonora se basa en la vinculación del texto con su energía y no con su significado. Entre sus características está que la interpretación del poema es esencial al proceso de composición, de manera que la lectura tiene un protagonismo equivalente al de la escritura. Lo sonoro y lo visual (incluída la palabra escrita) se necesitan y explican mutuamente. Así, es perfectamente posible pensar en la improvisación como una poesía en que la voz hace un poema a partir de sí misma, sin partitura escrita. La improvisación es sistemática porque se ejercita y porque depende de la correcta ejecución de los instrumentos vocales o mecánicos disponibles y del adecuado ensamblaje con el lugar y con la audiencia donde se lleva a cabo la interpretación. Algo parecido a unas sesiones de jamming.
La música y la poesía conviven desde hace cientos de años, es cosa de ver los principios de ambos. Les comparto lo que hacen algunos artistas y poetas respecto a estas disciplinas tan tratadas en estos tiempos de tecnología e inspiración.
Acá algo que se ha hecho en Querétaro, Laboratorio de Narrativas Murciélago.